¿A qué nos dedicamos?

En la Iglesia hay órdenes religiosas que se dedican a la predicación, a las misiones, a la enseñanza de la juventud, a curar enfermos, etc. Éstas son las formas de vida religiosa más comunes y más conocidas.

 

Los cartujos, por el contrario, somos monjes que normalmente no salimos de nuestros monasterios y dedicamos nuestra vida a alabar a Dios y a hacer presentes ante el Señor las necesidades de los hombres. El cartujo tiene claro que la utilidad de su vida no depende de la actividad que realiza en la Iglesia y en el mundo, sino del grado de su unión a Cristo, o santidad.

 

La vida eremítica, el diario caminar por el desierto, característico de La Cartuja, va haciendo al monje una persona sencilla y pobre, es decir, que no espera de la vida algo que no sea Dios. Por eso mismo nuestras vidas pueden ser para el mundo un testimonio mudo de que Dios no es una idea fría y lejana sino algo vivo y palpitante, capaz de llenar de esperanza y felicidad el corazón del hombre.

 

Los cartujos nos dedicamos a lo que tradicionalmente se llama vida contemplativa,  muy apreciada por la Iglesia. El Papa Pablo VI, en el discurso de clausura del Concilio Vaticano II, se refería a nuestra vida en estos términos:

 

“Fijar en Él (en Dios) la mirada y el corazón, que llamamos contemplación, es el acto más alto y más pleno del espíritu, el acto que puede y debe jerarquizar la inmensa pirámide de la actividad humana”.

 

 

 

 

 

 

Camino

La vida contemplativa exige un largo camino de esfuerzo y de renuncias hasta conseguir un corazón pobre y libre. La soledad, característica de nuestra vida eremítica, nos pide privarnos de la radio, la televisión, los periódicos, los viajes.

 

Otra renuncia: el silencio, que no es ni un fin ni simple ausencia de palabras, sino un estado para poner todas las fuerzas de nuestra alma a la escucha del Espíritu.

 

Los ayunos son frecuentes y toda nuestra vida está enmarcada en un ambiente de pobreza y austeridad. Estas renuncias ascéticas son la manera concreta y práctica de tomar distancia de las cosas para centrarnos en Dios.

 

Sin duda todo esto puede chocar en una época como la nuestra, convencida de que la felicidad consiste en satisfacer todas las apetencias y caprichos. La penitencia alegre del cartujo consiste en escoger, no lo que agrada a los sentidos, sino los valores transcendentes, porque sabe por experiencia que la felicidad no viene de fuera, de las cosas, sino sale de dentro:

“Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti”
(S. Agustín).

 

 

La alegría en el espíritu

Para un profano, los horarios, las privaciones, el silencio casi continuo, la soledad de la ermita en que habitualmente vive el cartujo, pueden parecer una locura. Pero lo cierto es que el monje que vive con fidelidad su vocación, va adquiriendo poco a poco esa sabiduría espiritual propia de quien se ha dejado invadir por el misterio de Dios y ha anclado en Él su corazón.

 

El monje se siente libre de las ataduras y esclavitudes que tanto suelen angustiar a los hombres y goza de una paz honda y estable. El monje cartujo llega normalmente a esa gozosa experiencia que le hace exclamar:

“Ya sólo me llena Dios”.

 

Nuestro fundador, san Bruno, expresó admirablemente la felicidad del cartujo en la carta a un viejo amigo, canónigo de Reims, que se resistía a dejar las comodidades de la vida y hacerse monje. San Bruno le anima a dar el paso poniendo ante sus ojos la felicidad y el gozo de nuestra vida:

 

“Cuánta utilidad y gozo divino traen consigo la soledad y el silencio del desierto a quien los ama, sólo lo saben quiénes lo han experimentado… Aquí, por el esfuerzo del combate, Dios premia a sus atletas con la ansiada recompensa, a saber: la paz que el mundo ignora y el gozo en el Espíritu Santo“.