Creo que todo cristiano podría hacer suyas las palabras del cardenal Martini a los sacerdotes: No estamos llamados únicamente a la aridez, al cansancio, a la mortificación, al trabajo duro, sino también, y sobre todo, al gozo de esta experiencia fundamental de la Iglesia que es la comunión con Cristo y en Cristo.

La conversión de toda la vida humana a Cristo es el fin último de toda acción del Espíritu Santo y este es un fin absoluto y total al que se ordena todo: la elección de medios mediante los cuales el hombre se introduce progresivamente en los valores del evangelio. Sólo mirando a ese fin de la conversión total a Cristo es posible captar el significado de los acontecimientos, de las pruebas y dificultades de la vida, que a veces nos resultan tan desconcertantes.

  Lo es cuando el dolor y la enfermedad, las desgracias se viven con la paz del corazón y la serenidad, diciendo así con el talante que esto no es lo peor de la vida. Que no por eso se cierran las puertas de la vida, sino que hay una esperanza más elevada.

  Esto es en sí mismo un gran acto de evangelización. No hacen falta palabras, porque quien cree y permanece sereno en las pruebas, irradia fe con su modo de vida y de hablar, de apresurarse con calma, de responder con paciencia, de soportar el mal. Así los que lo ven puede llegar a la convicción de que la vida tiene un significado y una solución, que van más allá del sufrimiento y de la misma muerte.

El cristiano que vive con alegría en su propia familia y en su ambiente de trabajo, creyendo en lo que hace y viviendo a la luz del Evangelio, está evangelizando sin darse cuenta.

Difícilmente podremos arrastrar a Cristo a nuestros hermanos si nosotros mismos llevamos una vida cristiana sin ilusión, insignificante y vacía.

  El trabajo monástico no es un fin en sí mismo, Hay que realizarlo sin meterse de lleno, ni dejarse absorber por él. El contemplativo es aquel que se reserva para un trato espiritual con Dios y que solamente quiere ver en todas las cosas la ocasión o la condición de esta intimidad. El monje debe ser en todas circunstancias, en medio de las ocupaciones de cada día,  puro deseo de Dios.

  El monje que se deja invadir por Dios ilumina y calienta al mundo, se comunica visible o invisiblemente con sus hermanos porque no tiene otra preocupación que Dios.

  El cardenal Martini estudia este tema en las primitivas comunidades cristianas y llega a estas conclusiones: la característica más profunda de la persecución no consiste tanto en el hecho de tener dificultades sino más bien en el hecho de que la Iglesia crece a pesar de las dificultades. Es más, las dificultades son afrontadas con gozo.

  Las comunidades cristianas primitivas tienen el valor de reconocer con franqueza que la Iglesia es distinta del ambiente en el que opera. Aceptan la imposibilidad de una fusión completa y la aceptan con gozo y hasta la convierten en el motivo de reflexión y de una nueva y valiente predicación.

   Se le preguntó al Padre Arrupe cómo lograba encontrar tiempo para orar en medio de tantas ocupaciones. El Padre General de los jesuitas contestó: “No es problema de tiempo sino de prioridades”.

   Y en una charla a los jesuitas de Bangkok, dedicados a atender a los refugiados, les decía: ¡Orad, orad mucho! Estos problemas no se resuelven con el esfuerzo humano.

   Estoy diciendo cosas que quiero recalcar, un mensaje, mi canto del cisne para toda la Compañía de Jesús. Tenemos muchas reuniones y encuentros, pero no oramos bastante.

   Tener hoy la intuición y el valor de realizar creativamente nuestras opciones apostólicas prioritarias rompiendo generosamente con las naturales inercias, requiere una docilidad al Espíritu que no se consigue sino con un don fruto de humilde escucha de este Espíritu en el seno de una vida verdaderamente de oración.

   El Cardenal Ratzinger definía el amor a Dios como apartar la mirada de uno mismo para fijarla en Él.

   Lo hacía comentando las palabras  del Señor en el Evangelio: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el  que la pierda por mí, la encontrará” (Mt.16, 25).

   Si en lugar de preguntarme qué es lo que puedo  conseguir para mí mismo, me dejo sencillamente caer, me desprendo de mí mismo, entonces me doy cuenta de que esa es la vida correcta, porque de todos modos yo soy demasiado estrecho para mí solo. Cuando salgo  al  aire libre, entonces y sólo entonces comienza y llega la belleza de la vida.

   Dedicarse a conseguir una felicidad rápida no encaja con la fe. Y quizá una de las razones de la actual crisis de fe, sea que queremos recoger en el acto el placer y la  felicidad y no nos arriesgamos a una aventura que dura toda la vida con la enorme confianza de que este salto no termina en la nada, sino que, por su naturaleza, es el acto de amar para el que hemos sido creados. Y en realidad es lo único que me proporciona lo que quiero: amar y ser amado, hallando de ese modo la auténtica felicidad.

   El cardenal Ratzinger, después Papa Benedicto XVI, respondía así  a esta pregunta:

   Eminencia, ¿también usted tiene a veces miedo de Dios?

   “Yo no lo llamaría miedo. Sabemos por Cristo cómo es Dios, que nos ama. Y Él sabe cómo somos nosotros. Sabe que somos carne. Y polvo. Por eso acepta nuestra debilidad. No obstante, una y otra vez me acomete esa ardiente sensación de defraudar mi destino. La idea que Dios tiene de mí, de lo que yo debería hacer”.

  Es algo con lo que hay que contar: la banalidad de cada día que parece reducir a medidas insignificantes los grandes horizontes de la fe. La repetición, todos los días de los mismos gestos de fe, nos llevan imperceptiblemente a la rutina. Y con la rutina sobreviene una desagradable sensación de pesadez, de cansancio y aburrimiento. La falta de ilusión e interés nos paralizan.

  Hay que hacer frente a esta dificultad venciendo el pesimismo, ya que con frecuencia, a pesar de la mezquindad propia y ajena, lo cierto es que las cosas se mueven. Y quizá hasta seamos capaces de  descubrir la acción del Espíritu Santo en medio  de tanta banalidad.