O bien encerrarse en el círculo impenetrable de la autosuficiencia dentro de una existencia limitada a los estrechos horizontes del tiempo, poniendo toda nuestra ilusión y confianza sólo en las cosas materiales. O romper este asfixiante círculo que atrapa a tantas personas y abrirnos a la búsqueda de Dios. Nuestro esfuerzo debe estar dirigido a romper este círculo de suficiencia material y encontrar en Cristo el camino de la trascendencia y de los verdaderos valores que deben presidir toda nuestra vida.

  Dios tiene su tiempo, lo nuestro es sembrar sin saber cuándo recogeremos, ni cuáles serán las respuestas a nuestro esfuerzo. Sería vano enfadarnos y sentirnos decepcionados cuando no vemos el fruto de nuestros esfuerzos. No podemos penetrar en el misterio de Dios. Tal vez recojamos en momentos que nosotros ignoramos los frutos de lo que un día sembramos entre lágrimas.

  El cristiano maduro es una persona positiva, que intenta siempre tender puentes, remediar situaciones difíciles, mirar hacia adelante: … “todo lo cree, todo lo disculpa, todo lo espera”, como dice san Pablo.

  El cristiano maduro no conoce la depresión, el desaliento, el mal humor, la tristeza, la desconfianza, ni siquiera la animadversión.

  Y esto sólo se consigue a través de las dificultades, la conflictividad, haciendo frente al egoísmo, a las disensiones, envidias, etc. La madurez es la fruta madura de la fe, del amor, de la esperanza, y de hacer en cada momento y en cada situación lo que agrada a Dios.

  Allí donde hay hombres aparecen pronto las tensiones, los malentendidos, las envidias, los roces…; todo esto crea barreras entre nosotros. No es posible llevar una vida espiritual intensa y seguir manteniendo esas barreras de incomunicación con el prójimo. Si hay algo claro en el Evangelio es que el camino hacia Dios y el camino hacia el próximo no son caminos distintos, ni siquiera paralelos, sino el mismo y único camino, y por lo tanto, si ponemos una barrera al prójimo estamos también poniendo una barrera a Dios.

  La verdadera libertad consiste en reproducir en nosotros el espíritu de las bienaventuranzas, es decir, una profunda actitud de despego de lo que poseemos: dinero, éxito, poder, proyectos muy queridos, pretensión de gestionar nuestra propia vida.

  Por esta pretensión de gestionar nuestra propia vida y la de los demás nos hacemos esclavos de cosas, de compromisos, de expectativas y de la imagen que los demás tienen de nosotros.

  Esta libertad se conquista poco a poco: hacen falta años de esfuerzo, (purificación activa) y sobre todo pasar por las tribulaciones de la vida (purificación pasiva).

  Sin la purificación pasiva nunca llegaremos a la libertad total. Por eso es tan importante descubrir la mano purificadora de Dios en nuestra vida: en la oración, en las amistades, sucesos, negocios, enfermedades, cansancio, deserciones, humillaciones. Dios nos purifica a través de los mil acontecimientos de la vida, y nosotros debemos abandonarlos serenamente a su acción. Seguros de que él nos ama y todo lo dispone sabiamente para nuestro bien.

  Estas palabras de San Pablo nos muestran un alma totalmente endiosada y olvidada de sí. Es el colmo de la pobreza humana en la total expropiación de nuestro ser y de nuestro obrar. Es también el colmo de la riqueza y del sentido cristiano de la vida; una vida entregada a Dios y a los hermanos en el amor. Sin cálculos, sin miedos, sin reivindicaciones, ni compensaciones. Un amor gratuito y lleno de alegría, siempre nuevo y rebosante de vitalidad, atento y discreto, fuerte y delicado.

  Conviene conservar cierto sentido del humor para poder interpretar serenamente los hechos. Tratemos de interpretar la realidad de manera desenfadada sin poner de antemano la razón por la sinrazón a un lado o a otro. Si conservamos el sentido del humor, podremos ver los hechos con más claridad y sencillez. Tenemos que estar dispuestos a reconocer que no habíamos entendido bien las cosas, o que se podían entender un poco mejor.

  Es una tarea urgente restituir a nuestros fieles la familiaridad, la nostalgia, el sentido de la patria celeste y ¿por qué no? del paraíso. Todo esto ha sido sustraído poco a poco por estos maestros incautos que se han dejado intimidar por ciertas ideologías para las cuales hablar de un más allá es siempre y de cualquier modo una alienación, cuando en realidad es algo genuinamente bíblico y básico de la fe cristiana.

  La espera del regreso del Señor no aparta del compromiso hacia los cristianos sino que por el contrario lo purifica. Enseña a discernir con alegría los bienes de la tierra, siempre orientados hacia los bienes del cielo: “sabiduría para sopesar los bienes de la tierra amando intensamente los del cielo”, como dice una oración litúrgica.

  San Pablo, después de haber recordado a los cristianos que “el tiempo es breve”, concluía diciendo: “así que mientras tengamos oportunidad hagamos bien a todos pero especialmente a nuestros hermanos en la fe” (Gal. 6,10). Jesús mismo nos enseñó a esperar su regreso lavándonos los pies unos a otros, es decir trabajando, haciendo el bien y sirviendo a los hermanos.

  Hoy también el servicio pastoral corre otro peligro: pensar que el servicio a los hermanos es lo principal y quizá lo único. Y no es así. Lo primero y esencial es el servicio de Dios. El sacerdote está llamado por vocación al servicio espiritual y aunque realice cien formas de servicio, si le falta ésta no cumple con su misión.

  Recordemos aquel pasaje de los Hechos de los Apóstoles en que éstos instituyen diáconos para que atiendan al servicio de las mesas para poder dedicarse ellos a su misión característica: la oración y el ministerio de la palabra.

  Hay pastores que se dedican a todos los ministerios materiales, económicos, administrativos, y hasta agrarios de la comunidad que podrían realizar perfectamente otros y descuidan el ministerio de la oración y de la palabra. El ministerio de la palabra, en concreto, exige horas de lectura, reflexión y oración. Hay una gran queja entre los fieles de que las homilías no les dicen nada, generalmente porque no se han preparado. Se dicen cuatro cosas para salir del paso, pura palabrería y los fieles no son tontos y se dan cuenta.

   Servir es no vivir para sí mismo sino para los demás y éste es el eje de todo el Evangelio. Esto para los pastores significa que no deben actuar como señores, que no dominen, que no hagan de amos; cosa bastante difícil. Según el espíritu más puro del Evangelio deben servir. No es fácil en el ministerio pastoral evitar la mentalidad de creerse dueño de la fe. Para los pastores es éste con frecuencia el punto donde se decide el problema de su conversión. La sencillez ha sido siempre el comienzo y la señal de una verdadera vuelta al Evangelio.

   El mundo necesitaba cosas aparatosas para impresionar, Dios no. Está lejos la época en que la dignidad de los obispos se expresaba con insignias, títulos, ejércitos, castillos y capisayos. Hoy hay obispos que viven como un sacerdote y que incluso dedican un rato de su jornada a cuidar enfermos o ancianos.