Para obrar bien es necesario pasar por el corazón lo que se dice con los labios. Un teólogo oriental nos dice: Vuélvete a Dios haciendo descender la atención de la inteligencia al corazón, y allí, invócalo. Esta es la mejor manera de evitar distracciones y divagaciones de la mente en los momentos de la oración. Es necesario esforzarse para que la oración en voz alta, o silenciosa, provenga siempre del corazón.

  Orar es lo más simple que hay. Permanece con la inteligencia en el corazón ante la faz del Señor y di: “Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí”, o solamente “Señor ten piedad”, o cualquier otra invocación. El poder de la oración no está en las palabras sino en los pensamientos y en los sentimientos.

  Toda la oración debe venir del corazón. “Lo principal es permanecer ante Dios, con la inteligencia en el corazón y continuar permaneciendo así ante el sin cesar día y noche hasta el fin de la vida”.

  La tradición considera la celebración de la penitencia no sólo como algo excepcional por culpas muy graves que han producido una ruptura irreparable en nuestra relación con Dios, sino también como un gesto que se ha de repetir con frecuencia para tomar conciencia de nuestra cotidiana miseria ante Dios, para comprender la distancia entre nuestra vida y los ideales del Evangelio, para experimentar en nosotros la fuerza renovadora del perdón de Dios, para disipar la tiniebla interior que no nos permite descubrir y llevar a cabo las tareas que el Evangelio nos encomienda.

  Todos los acontecimientos tienen un significado. Raras veces somos capaces de descubrir inmediatamente lo que significan, pero aunque sea con el corazón sangrando, podemos aceptarlos haciendo un acto heroico de fe, sabiendo que ciertamente tienen un sentido más profundo de lo que aparece a primera vista.

  Reconocer que Dios me educa quiere decir reconciliarme conmigo mismo y con mi vida, con los dones que tengo, con los que no tengo, y con los que me gustaría tener; con aquello que he podido y con el poco camino que quizá haya recorrido. Reconciliarme con mi vida porque Dios me estaría guiando: Dios recompone continuamente las situaciones y decisiones erróneas, sean pequeñas o grandes. Por tanto, a pesar de mis equivocaciones y deficiencias, mi vida está en las manos de Dios y, en su plan de amor, toda mi historia tiene un sentido.

  Dios es el horizonte necesario de todo lo que somos y de todo lo que hacemos. Dios es a la vez el centro y el corazón de toda realidad; por tanto todo está en Él y Él está en todo. Y Jesús, hijo de Dios, siendo Él mismo Dios, es el horizonte de toda la historia, de toda nuestra vida, de cada una de nuestras jornadas. Jesús resucitado está vivo y presente entre nosotros con la constante presencia propia del misterio de Dios. Ese suave y casi imperceptible susurro que es el misterio de Dios y que sin embargo aquellos que han nacido de Dios saben captar.

  Jesús está presente en la palabra de la Escritura y en la voz de la Iglesia. Está presente en los sacramentos. En el corazón de todo hombre que espera y cree. Y en ese otro “sacramento” que es el prójimo, en especial las personas más menesterosas.

  O bien encerrarse en el círculo impenetrable de la autosuficiencia dentro de una existencia limitada a los estrechos horizontes del tiempo, poniendo toda nuestra ilusión y confianza sólo en las cosas materiales. O romper este asfixiante círculo que atrapa a tantas personas y abrirnos a la búsqueda de Dios. Nuestro esfuerzo debe estar dirigido a romper este círculo de suficiencia material y encontrar en Cristo el camino de la trascendencia y de los verdaderos valores que deben presidir toda nuestra vida.

  Dios tiene su tiempo, lo nuestro es sembrar sin saber cuándo recogeremos, ni cuáles serán las respuestas a nuestro esfuerzo. Sería vano enfadarnos y sentirnos decepcionados cuando no vemos el fruto de nuestros esfuerzos. No podemos penetrar en el misterio de Dios. Tal vez recojamos en momentos que nosotros ignoramos los frutos de lo que un día sembramos entre lágrimas.

  El cristiano maduro es una persona positiva, que intenta siempre tender puentes, remediar situaciones difíciles, mirar hacia adelante: … “todo lo cree, todo lo disculpa, todo lo espera”, como dice san Pablo.

  El cristiano maduro no conoce la depresión, el desaliento, el mal humor, la tristeza, la desconfianza, ni siquiera la animadversión.

  Y esto sólo se consigue a través de las dificultades, la conflictividad, haciendo frente al egoísmo, a las disensiones, envidias, etc. La madurez es la fruta madura de la fe, del amor, de la esperanza, y de hacer en cada momento y en cada situación lo que agrada a Dios.

  Allí donde hay hombres aparecen pronto las tensiones, los malentendidos, las envidias, los roces…; todo esto crea barreras entre nosotros. No es posible llevar una vida espiritual intensa y seguir manteniendo esas barreras de incomunicación con el prójimo. Si hay algo claro en el Evangelio es que el camino hacia Dios y el camino hacia el próximo no son caminos distintos, ni siquiera paralelos, sino el mismo y único camino, y por lo tanto, si ponemos una barrera al prójimo estamos también poniendo una barrera a Dios.

  La verdadera libertad consiste en reproducir en nosotros el espíritu de las bienaventuranzas, es decir, una profunda actitud de despego de lo que poseemos: dinero, éxito, poder, proyectos muy queridos, pretensión de gestionar nuestra propia vida.

  Por esta pretensión de gestionar nuestra propia vida y la de los demás nos hacemos esclavos de cosas, de compromisos, de expectativas y de la imagen que los demás tienen de nosotros.

  Esta libertad se conquista poco a poco: hacen falta años de esfuerzo, (purificación activa) y sobre todo pasar por las tribulaciones de la vida (purificación pasiva).

  Sin la purificación pasiva nunca llegaremos a la libertad total. Por eso es tan importante descubrir la mano purificadora de Dios en nuestra vida: en la oración, en las amistades, sucesos, negocios, enfermedades, cansancio, deserciones, humillaciones. Dios nos purifica a través de los mil acontecimientos de la vida, y nosotros debemos abandonarlos serenamente a su acción. Seguros de que él nos ama y todo lo dispone sabiamente para nuestro bien.

  Estas palabras de San Pablo nos muestran un alma totalmente endiosada y olvidada de sí. Es el colmo de la pobreza humana en la total expropiación de nuestro ser y de nuestro obrar. Es también el colmo de la riqueza y del sentido cristiano de la vida; una vida entregada a Dios y a los hermanos en el amor. Sin cálculos, sin miedos, sin reivindicaciones, ni compensaciones. Un amor gratuito y lleno de alegría, siempre nuevo y rebosante de vitalidad, atento y discreto, fuerte y delicado.