Servir es no vivir para sí mismo sino para los demás y éste es el eje de todo el Evangelio. Esto para los pastores significa que no deben actuar como señores, que no dominen, que no hagan de amos; cosa bastante difícil. Según el espíritu más puro del Evangelio deben servir. No es fácil en el ministerio pastoral evitar la mentalidad de creerse dueño de la fe. Para los pastores es éste con frecuencia el punto donde se decide el problema de su conversión. La sencillez ha sido siempre el comienzo y la señal de una verdadera vuelta al Evangelio.

   El mundo necesitaba cosas aparatosas para impresionar, Dios no. Está lejos la época en que la dignidad de los obispos se expresaba con insignias, títulos, ejércitos, castillos y capisayos. Hoy hay obispos que viven como un sacerdote y que incluso dedican un rato de su jornada a cuidar enfermos o ancianos.

   La contemplación apostólica se nota sobre todo por sus efectos: se alcanza cuando uno se siente liberado de la pesadez del corazón y consigue que brote en su interior el gozo incluso en ciertas situaciones que parecen ser un callejón sin salida. Pienso por ejemplo en situaciones matrimoniales que no que nos encomiendan y no les vemos solución.

   Crisis sacerdotales cuando la vida se le hace difícil al sacerdote y en vez de ser humilde y orar, empieza a criticar a la Iglesia, a su obispo, tratando de justificar sus frustraciones causadas por una vida apostólica que no consigue encontrar soluciones satisfactorias, elegantes, que le den el entusiasmo  que había esperado. ¡Ay del sacerdote al que le falta esta contemplación apostólica!

   Jesús vivió al final de su ministerio en una atmósfera difícil hostil, pero vivió también aquella atmósfera de alabanza que es la única que mantiene intacta una cierta creatividad humana.

   La contemplación apostólica no es un lujo sino un don que se da, que se debe al apóstol y debe pedirla y prepararse a ella. Por muchas que sean sus preocupaciones que resuene en su interior la paz y la alabanza. Esta contemplación apostólica en medio incluso de la aridez, el sufrimiento, la desolación, la oscuridad, es un pan absolutamente necesario para el pastor.

La contemplación no debería faltar al pastor dice el cardenal Martini.

¿Qué es lo que sofoca la contemplación apostólica? Según Lucas 21, 34 -36, el libertinaje, la embriaguez… es decir todo ese disfrutar de la vida que embota el espíritu y también que  san Pablo llama “mi solicitud cotidiana”, las preocupaciones de todo tipo.

El corazón del apóstol puede volverse pesado por causa de las preocupaciones de la vida y “la solicitud por todas las iglesias”: compromisos, desilusiones, amarguras, cansancio físico y psíquico, “la mente desgarrada por mil preocupaciones” (San Gregorio Magno). Preocupado por tantas cosas, apegado a evidencias inmediatas, comienza a faltarle al apóstol este trasfondo de contemplación de todo el proyecto divino que tanto necesita para ser apóstol y constructor de la unidad en la comunidad.

Si por la gracia de Dios consigue taponar agujeros en su barca, no logra dirigirla a puerto y ocupado siempre de unas y otras cosas pierde el sentido del conjunto. Seguirá un poco con su oración, pidiendo al Señor perdón de sus deficiencias, pero le falta ganar la oración apostólica, aquella situación de oración que consigue neutralizar con el consuelo del Espíritu Santo todos los pensamientos de disipación y pesadez y que engendra y alabanza.

   No hace falta más que asomarse a la televisión o leer el periódico para ver cómo abundan por doquier los egoísmos personales y de grupo que hacen difícil y hasta irrespirable la vida de la gente. Pensemos, por ejemplo, en la desconfianza que reina en la calle, en las casas, en las oficinas, en las fábricas y en los despachos; en tantos problemas de conflicto y recelo de unos para con otros.

   Estas fuerzas de división presentes en nuestra sociedad nos ofrecen un cuadro ciertamente desolador de la vida cotidiana, donde prevalecen la lucha, el afán de superar a los demás, de desbancar a los otros. Pensemos, por ejemplo, en la política y lo envenenadas que están las relaciones entre los políticos.

   Y en este avispero de egoísmos y conflictos, ¿quién se atreve a vivir los valores del Evangelio sin que le tachen de tonto? Y sin embargo hay que vivirlos.

Creo que todo cristiano podría hacer suyas las palabras del cardenal Martini a los sacerdotes: No estamos llamados únicamente a la aridez, al cansancio, a la mortificación, al trabajo duro, sino también, y sobre todo, al gozo de esta experiencia fundamental de la Iglesia que es la comunión con Cristo y en Cristo.

La conversión de toda la vida humana a Cristo es el fin último de toda acción del Espíritu Santo y este es un fin absoluto y total al que se ordena todo: la elección de medios mediante los cuales el hombre se introduce progresivamente en los valores del evangelio. Sólo mirando a ese fin de la conversión total a Cristo es posible captar el significado de los acontecimientos, de las pruebas y dificultades de la vida, que a veces nos resultan tan desconcertantes.

  Lo es cuando el dolor y la enfermedad, las desgracias se viven con la paz del corazón y la serenidad, diciendo así con el talante que esto no es lo peor de la vida. Que no por eso se cierran las puertas de la vida, sino que hay una esperanza más elevada.

  Esto es en sí mismo un gran acto de evangelización. No hacen falta palabras, porque quien cree y permanece sereno en las pruebas, irradia fe con su modo de vida y de hablar, de apresurarse con calma, de responder con paciencia, de soportar el mal. Así los que lo ven puede llegar a la convicción de que la vida tiene un significado y una solución, que van más allá del sufrimiento y de la misma muerte.

El cristiano que vive con alegría en su propia familia y en su ambiente de trabajo, creyendo en lo que hace y viviendo a la luz del Evangelio, está evangelizando sin darse cuenta.

Difícilmente podremos arrastrar a Cristo a nuestros hermanos si nosotros mismos llevamos una vida cristiana sin ilusión, insignificante y vacía.

  El trabajo monástico no es un fin en sí mismo, Hay que realizarlo sin meterse de lleno, ni dejarse absorber por él. El contemplativo es aquel que se reserva para un trato espiritual con Dios y que solamente quiere ver en todas las cosas la ocasión o la condición de esta intimidad. El monje debe ser en todas circunstancias, en medio de las ocupaciones de cada día,  puro deseo de Dios.

  El monje que se deja invadir por Dios ilumina y calienta al mundo, se comunica visible o invisiblemente con sus hermanos porque no tiene otra preocupación que Dios.

  El cardenal Martini estudia este tema en las primitivas comunidades cristianas y llega a estas conclusiones: la característica más profunda de la persecución no consiste tanto en el hecho de tener dificultades sino más bien en el hecho de que la Iglesia crece a pesar de las dificultades. Es más, las dificultades son afrontadas con gozo.

  Las comunidades cristianas primitivas tienen el valor de reconocer con franqueza que la Iglesia es distinta del ambiente en el que opera. Aceptan la imposibilidad de una fusión completa y la aceptan con gozo y hasta la convierten en el motivo de reflexión y de una nueva y valiente predicación.