Estas palabras de San Pablo nos muestran un alma totalmente endiosada y olvidada de sí. Es el colmo de la pobreza humana en la total expropiación de nuestro ser y de nuestro obrar. Es también el colmo de la riqueza y del sentido cristiano de la vida; una vida entregada a Dios y a los hermanos en el amor. Sin cálculos, sin miedos, sin reivindicaciones, ni compensaciones. Un amor gratuito y lleno de alegría, siempre nuevo y rebosante de vitalidad, atento y discreto, fuerte y delicado.

  Conviene conservar cierto sentido del humor para poder interpretar serenamente los hechos. Tratemos de interpretar la realidad de manera desenfadada sin poner de antemano la razón por la sinrazón a un lado o a otro. Si conservamos el sentido del humor, podremos ver los hechos con más claridad y sencillez. Tenemos que estar dispuestos a reconocer que no habíamos entendido bien las cosas, o que se podían entender un poco mejor.

  Es una tarea urgente restituir a nuestros fieles la familiaridad, la nostalgia, el sentido de la patria celeste y ¿por qué no? del paraíso. Todo esto ha sido sustraído poco a poco por estos maestros incautos que se han dejado intimidar por ciertas ideologías para las cuales hablar de un más allá es siempre y de cualquier modo una alienación, cuando en realidad es algo genuinamente bíblico y básico de la fe cristiana.

  La espera del regreso del Señor no aparta del compromiso hacia los cristianos sino que por el contrario lo purifica. Enseña a discernir con alegría los bienes de la tierra, siempre orientados hacia los bienes del cielo: “sabiduría para sopesar los bienes de la tierra amando intensamente los del cielo”, como dice una oración litúrgica.

  San Pablo, después de haber recordado a los cristianos que “el tiempo es breve”, concluía diciendo: “así que mientras tengamos oportunidad hagamos bien a todos pero especialmente a nuestros hermanos en la fe” (Gal. 6,10). Jesús mismo nos enseñó a esperar su regreso lavándonos los pies unos a otros, es decir trabajando, haciendo el bien y sirviendo a los hermanos.

  Hoy también el servicio pastoral corre otro peligro: pensar que el servicio a los hermanos es lo principal y quizá lo único. Y no es así. Lo primero y esencial es el servicio de Dios. El sacerdote está llamado por vocación al servicio espiritual y aunque realice cien formas de servicio, si le falta ésta no cumple con su misión.

  Recordemos aquel pasaje de los Hechos de los Apóstoles en que éstos instituyen diáconos para que atiendan al servicio de las mesas para poder dedicarse ellos a su misión característica: la oración y el ministerio de la palabra.

  Hay pastores que se dedican a todos los ministerios materiales, económicos, administrativos, y hasta agrarios de la comunidad que podrían realizar perfectamente otros y descuidan el ministerio de la oración y de la palabra. El ministerio de la palabra, en concreto, exige horas de lectura, reflexión y oración. Hay una gran queja entre los fieles de que las homilías no les dicen nada, generalmente porque no se han preparado. Se dicen cuatro cosas para salir del paso, pura palabrería y los fieles no son tontos y se dan cuenta.

   Servir es no vivir para sí mismo sino para los demás y éste es el eje de todo el Evangelio. Esto para los pastores significa que no deben actuar como señores, que no dominen, que no hagan de amos; cosa bastante difícil. Según el espíritu más puro del Evangelio deben servir. No es fácil en el ministerio pastoral evitar la mentalidad de creerse dueño de la fe. Para los pastores es éste con frecuencia el punto donde se decide el problema de su conversión. La sencillez ha sido siempre el comienzo y la señal de una verdadera vuelta al Evangelio.

   El mundo necesitaba cosas aparatosas para impresionar, Dios no. Está lejos la época en que la dignidad de los obispos se expresaba con insignias, títulos, ejércitos, castillos y capisayos. Hoy hay obispos que viven como un sacerdote y que incluso dedican un rato de su jornada a cuidar enfermos o ancianos.

   La contemplación apostólica se nota sobre todo por sus efectos: se alcanza cuando uno se siente liberado de la pesadez del corazón y consigue que brote en su interior el gozo incluso en ciertas situaciones que parecen ser un callejón sin salida. Pienso por ejemplo en situaciones matrimoniales que no que nos encomiendan y no les vemos solución.

   Crisis sacerdotales cuando la vida se le hace difícil al sacerdote y en vez de ser humilde y orar, empieza a criticar a la Iglesia, a su obispo, tratando de justificar sus frustraciones causadas por una vida apostólica que no consigue encontrar soluciones satisfactorias, elegantes, que le den el entusiasmo  que había esperado. ¡Ay del sacerdote al que le falta esta contemplación apostólica!

   Jesús vivió al final de su ministerio en una atmósfera difícil hostil, pero vivió también aquella atmósfera de alabanza que es la única que mantiene intacta una cierta creatividad humana.

   La contemplación apostólica no es un lujo sino un don que se da, que se debe al apóstol y debe pedirla y prepararse a ella. Por muchas que sean sus preocupaciones que resuene en su interior la paz y la alabanza. Esta contemplación apostólica en medio incluso de la aridez, el sufrimiento, la desolación, la oscuridad, es un pan absolutamente necesario para el pastor.

La contemplación no debería faltar al pastor dice el cardenal Martini.

¿Qué es lo que sofoca la contemplación apostólica? Según Lucas 21, 34 -36, el libertinaje, la embriaguez… es decir todo ese disfrutar de la vida que embota el espíritu y también que  san Pablo llama “mi solicitud cotidiana”, las preocupaciones de todo tipo.

El corazón del apóstol puede volverse pesado por causa de las preocupaciones de la vida y “la solicitud por todas las iglesias”: compromisos, desilusiones, amarguras, cansancio físico y psíquico, “la mente desgarrada por mil preocupaciones” (San Gregorio Magno). Preocupado por tantas cosas, apegado a evidencias inmediatas, comienza a faltarle al apóstol este trasfondo de contemplación de todo el proyecto divino que tanto necesita para ser apóstol y constructor de la unidad en la comunidad.

Si por la gracia de Dios consigue taponar agujeros en su barca, no logra dirigirla a puerto y ocupado siempre de unas y otras cosas pierde el sentido del conjunto. Seguirá un poco con su oración, pidiendo al Señor perdón de sus deficiencias, pero le falta ganar la oración apostólica, aquella situación de oración que consigue neutralizar con el consuelo del Espíritu Santo todos los pensamientos de disipación y pesadez y que engendra y alabanza.

   No hace falta más que asomarse a la televisión o leer el periódico para ver cómo abundan por doquier los egoísmos personales y de grupo que hacen difícil y hasta irrespirable la vida de la gente. Pensemos, por ejemplo, en la desconfianza que reina en la calle, en las casas, en las oficinas, en las fábricas y en los despachos; en tantos problemas de conflicto y recelo de unos para con otros.

   Estas fuerzas de división presentes en nuestra sociedad nos ofrecen un cuadro ciertamente desolador de la vida cotidiana, donde prevalecen la lucha, el afán de superar a los demás, de desbancar a los otros. Pensemos, por ejemplo, en la política y lo envenenadas que están las relaciones entre los políticos.

   Y en este avispero de egoísmos y conflictos, ¿quién se atreve a vivir los valores del Evangelio sin que le tachen de tonto? Y sin embargo hay que vivirlos.

Creo que todo cristiano podría hacer suyas las palabras del cardenal Martini a los sacerdotes: No estamos llamados únicamente a la aridez, al cansancio, a la mortificación, al trabajo duro, sino también, y sobre todo, al gozo de esta experiencia fundamental de la Iglesia que es la comunión con Cristo y en Cristo.

La conversión de toda la vida humana a Cristo es el fin último de toda acción del Espíritu Santo y este es un fin absoluto y total al que se ordena todo: la elección de medios mediante los cuales el hombre se introduce progresivamente en los valores del evangelio. Sólo mirando a ese fin de la conversión total a Cristo es posible captar el significado de los acontecimientos, de las pruebas y dificultades de la vida, que a veces nos resultan tan desconcertantes.